martes, 30 de agosto de 2011

Todas unas damas

Patético y penoso, serían dos palabras que entre muchos otros adjetivos definirían el espectáculo hoy tan famoso de las dos damas que a base de improperios, insultos y manoteos lograron amedrentar a los oficiales que, en el esquema  funcional dentro del sistema de seguridad mexicano, constituyen un primer frente preventivo de conductas delictivas e infracciones administrativas ciudadanas.
El problema tiene raíces complicadas, lejos del sensacionalismo mediático y de la crucifixión en las redes sociales de los actores de este lamentable incidente. Podríamos afirmar que esta conducta es un reflejo de la percepción real que se tiene de las figuras de autoridad en nuestro país. Esta percepción dibuja un contorno deteriorado que se daña progresivamente con el tiempo; sencillamente no respetamos (porque muchas veces no nos dan los elementos) a quienes deberíamos de respetar. La figura del policía transmite la sensación de improvisación en el encargo cuando se tiene a la vista un acontecimiento como el observado.
Todo este entramado tiene que ver con qué tanta efectividad tiene en su imperio la ley en nuestro país y qué grado de convicción genera el ciudadano para su cumplimiento efectivo. Esto nos llevaría nuevamente a reflexionar sobre los inevitables temas de idiosincrasia y cultura de la legalidad, así como también en su concepto genérico con la vigencia del estado de derecho en México.
Y con lo presenciado es natural que sigan surgiendo diversas dudas acerca de la real existencia de un auténtico y consolidado Estado de Derecho en México. Si bien el país está organizado formalmente como una República democrática y existe un ordenamiento jurídico, esto es, una Constitución, así como un contenido normativo de leyes que según sus textos rigen la estructura y el funcionamiento del Estado, el problema es que no existe un Estado sólido, fuerte, autosuficiente, capaz de imponer el cumplimiento de la ley como criterio básico del orden social y económico. Lo que se ha tenido hasta ahora son arreglos políticos más o menos estables, con algún grado de eficiencia. Sin embargo, el problema es que durante los últimos dos siglos estos arreglos y la gobernabilidad se ha conseguido con frecuencia a costa de la ley.
Estudiosos contemporáneos del caso mexicano consideran que la existencia de deficiencias e insuficiencias del marco normativo e institucional para las tareas gubernamentales en México abrieron espacios a la impunidad, a la arbitrariedad y a la proliferación de vicios que han minado la vigencia y consolidación del Estado de Derecho, socavando la credibilidad del gobierno y la confianza ciudadana por la incapacidad de respuesta de las instituciones, debido, entre otras razones, a la inexistencia de la rendición de cuentas. Estas apreciaciones minan día a día el sometimiento jurídico al cual el gobernado debe estar sujeto, sin que esto suene arbitrario así es como se estructura y punto.
La demanda por un Estado de Derecho es una constante en la sociedad mexicana, pero, al mismo tiempo, su cumplimiento a través de los distintos principios, instituciones y valores vigentes que le dan sustento, no parecen gozar de la misma fortaleza que permitan advertir su pronta realización. Por el contrario, el conocimiento que existe de estos principios, o las percepciones existentes sobre el funcionamiento de distintos apartados de nuestra Constitución, dan cuenta de un Estado de Derecho débil, que no ha logrado construirse y funcionar de manera eficiente y legítima.
Un ejemplo tan burdo es el de este par de ínclitas personalidades quienes a mansalva pueden vituperar  y execrar sobre la figura de autoridad. ¿Se comportará igual “la negra” cuando visita los Estados Unidos?, ¿podría protagonizar una escenita similar en la 5ª avenida neoyorkina?..... son preguntas que me siguen avergonzando como mexicano cuando ensayo sus respuestas.



lunes, 29 de agosto de 2011

Todas unas damas


Patético y penoso, serían dos palabras que entre muchos otros adjetivos definirían el espectáculo hoy tan famoso de las dos damas que a base de improperios, insultos y manoteos lograron amedrentar a los oficiales que, en el esquema  funcional dentro del sistema de seguridad mexicano, constituyen un primer frente preventivo de conductas delictivas e infracciones administrativas ciudadanas.

El problema tiene raíces complicadas, lejos del sensacionalismo mediático y de la crucifixión en las redes sociales de los actores de este lamentable incidente. Podríamos afirmar que esta conducta es un reflejo de la percepción real que se tiene de las figuras de autoridad en nuestro país. Esta percepción dibuja un contorno deteriorado que se daña progresivamente con el tiempo; sencillamente no respetamos (porque muchas veces no nos dan los elementos) a quienes deberíamos de respetar. La figura del policía transmite la sensación de improvisación en el encargo cuando se tiene a la vista un acontecimiento como el observado.

Todo este entramado tiene que ver con qué tanta efectividad tiene en su imperio la ley en nuestro país y qué grado de convicción genera el ciudadano para su cumplimiento efectivo. Esto nos llevaría nuevamente a reflexionar sobre los inevitables temas de idiosincrasia y cultura de la legalidad, así como también en su concepto genérico con la vigencia del estado de derecho en México.

Y con lo presenciado es natural que sigan surgiendo diversas dudas acerca de la real existencia de un auténtico y consolidado Estado de Derecho en México. Si bien el país está organizado formalmente como una República democrática y existe un ordenamiento jurídico, esto es, una Constitución, así como un contenido normativo de leyes que según sus textos rigen la estructura y el funcionamiento del Estado, el problema es que no existe un Estado sólido, fuerte, autosuficiente, capaz de imponer el cumplimiento de la ley como criterio básico del orden social y económico. Lo que se ha tenido hasta ahora son arreglos políticos más o menos estables, con algún grado de eficiencia. Sin embargo, el problema es que durante los últimos dos siglos estos arreglos y la gobernabilidad se ha conseguido con frecuencia a costa de la ley.

Estudiosos contemporáneos del caso mexicano consideran que la existencia de deficiencias e insuficiencias del marco normativo e institucional para las tareas gubernamentales en México abrieron espacios a la impunidad, a la arbitrariedad y a la proliferación de vicios que han minado la vigencia y consolidación del Estado de Derecho, socavando la credibilidad del gobierno y la confianza ciudadana por la incapacidad de respuesta de las instituciones, debido, entre otras razones, a la inexistencia de la rendición de cuentas. Estas apreciaciones minan día a día el sometimiento jurídico al cual el gobernado debe estar sujeto, sin que esto suene arbitrario así es como se estructura y punto.

La demanda por un Estado de Derecho es una constante en la sociedad mexicana, pero, al mismo tiempo, su cumplimiento a través de los distintos principios, instituciones y valores vigentes que le dan sustento, no parecen gozar de la misma fortaleza que permitan advertir su pronta realización. Por el contrario, el conocimiento que existe de estos principios, o las percepciones existentes sobre el funcionamiento de distintos apartados de nuestra Constitución, dan cuenta de un Estado de Derecho débil, que no ha logrado construirse y funcionar de manera eficiente y legítima.

Un ejemplo tan burdo es el de este par de ínclitas personalidades quienes a mansalva pueden vituperar  y execrar sobre la figura de autoridad. ¿Se comportará igual “la negra” cuando visita los Estados Unidos?, ¿podría protagonizar una escenita similar en la 5ª avenida neoyorkina?..... son preguntas que me siguen avergonzando como mexicano cuando ensayo sus respuestas.

jueves, 11 de agosto de 2011

El próximo catarrito ¿tendremos kleenex?

Esto cabe afirmarlo ya que por más que se asegure que México está preparado para una posible recesión de la economía estadounidense, parece que la enfermedad será inevitable.
El escenario es real, la reducción de la calificación aplicada por John Chambers de Standard and Poor’s, sobre la calidad crediticia de los Estados Unidos trae consigo un cúmulo de implicaciones y consecuencias inciertas para nuestro país. Aún cuando no se llegara al escenario de crisis, irremediablemente el ajuste será necesario.
Vayamos por partes en nuestro análisis. Está en el aire un diagnóstico que pesa sobre las grandes economías, aquellas propias de los países con altos niveles de institucionalización o más claro, aquellas identificadas con los países ricos. Estados Unidos, Japón, España, Irlanda, Francia y Grecia podrían ser ejemplos inmediatos, pero sin duda, la peor marejada que aquejaría a México, tiene que ver con los destinos de la economía de nuestro vecino del norte.
Sostengo que este nuevo episodio tiene que ver con varios antecedentes negativos, pero para efectos de un artículo, sería muy complicado adentrarse en ellos. Me concretaré a decir que no podemos dejar de pensar que esto es una secuela de aquella tan complicada batalla del 2008. Pero viendo hacia el futuro, tampoco podemos soslayar que estamos ante un problema mayúsculo. Estados Unidos entra a esta etapa con un déficit aproximado de 9.3% y una deuda que equivale al 101% de su PIB. Esto deja una primera lección básica: no se puede tener una economía sana cuando se gasta más de lo que se ingresa.
Los antecedentes rayan en la irresponsabilidad en la conducción económica, concretamente en el reciente periodo presidencial de George Bush. Con un actual presidente Obama maniatado, el horizonte no es muy promisorio, muestra de ello es el comportamiento de los mercados, los cuales dicen los expertos que esos si no se equivocan.
Estos nubarrones parece que sacudirán en los próximos días a nuestro país, a pesar del sobrado optimismo del Señor Secretario de Hacienda quien ha asegurado que eso no ocurrirá. Quizá se pueda pecar de optimista cuando se tiene un apuntalamiento en reservas de cerca de 200,000 millones de dólares y líneas de crédito abiertas en el FMI. Espero por el bien del país que las aseveraciones del Secretario sean ciertas, aunque me cuesta trabajo creerlas cuando sabemos de sobra del mimetismo que nuestra economía experimenta con los destinos de la norteamericana.
Lo que llama la atención es que parece que como país nos estamos preparando exclusivamente para acolchonar los golpes que dejan las contingencias. Cabría reflexionar si no es por momentos deseable el incentivar el crecimiento y la solidez económica de mediano y largo plazo en vez de estar esperando que nos lleguen los golpes en seco. La inversión productiva de parte del monto con el que se cuenta en reservas en nuestro país, bien puede incentivar el desarrollo de mediano plazo que apuntale al país desde otra perspectiva.
Y un componente adicional en este esquema. Es sabido que cuando se está inmerso en una espiral de competencia electoral, muchas veces la vista se nubla por la inmediatez con la que se está obligado a responder a los problemas, sobre todo cuando estos pueden significar una mella a las aspiraciones personales. Pero nuevamente estimado lector, espero que por el bien del país me esté equivocando.
Espero que en vez de estar comprando kleenex tengamos en mente vitaminarnos y volvernos un cuerpo vigoroso y sano como país que más que remediar los catarros, tenga la fortaleza para brincarlos sin complicaciones.

miércoles, 3 de agosto de 2011

P.G.R.

“La depuración es fundamental dentro de la PGR para dar a la ciudadanía los resultados que legítimamente le exige. El México de hoy requiere que quienes nos desempeñamos en cargos públicos, lo hagamos con entrega total y responsabilidad al servicio”. Las anteriores palabras de la titular de la Procuraduría General de la República dan cuenta de uno de los motivos que generaran la salida de veintiún delegados de dicha dependencia. Contrario sensu de dicha aseveración, debemos entender por las propias palabras de Marisela Morales Ibáñez que los funcionarios despedidos (porque no lo podríamos visualizar de otra manera) no encuadraban en los esquemas de honestidad, eficiencia y probidad exigidos para un puesto de tan alta responsabilidad en el contexto de inseguridad que nuestro país experimenta.

Coincido con el principio fundamental de la rotación en puestos que tengan la naturaleza de aquellos que hoy comentamos. Como Delegado de la institución que representa el Ministerio Público Federal, defensor de nuestra sociedad en dicho orden, es deseable que no se generen raíces profundas en la demarcación correspondiente, ya que en algunos casos esto puede propiciar la colusión con grupos delictivos o de interés que distorsionen la fundamental actividad de la investigación de los delitos y consiguiente ejercicio de la acción penal en su caso.

Por otra parte, no es gratis la percepción de poca confiabilidad en quienes se ubican en tales encargos. Según datos de Parametría, casi el 75% de la población tiene nula o poca confianza en los cuerpos encargados del combate a la delincuencia. Habría que distinguir en este rubro que en el dato específico concerniente al ministerio público, el porcentaje se mantiene en el mismo rango. Además, Consulta Mitofsky ha concluido en estudios que los mexicanos en general desconfiamos de las leyes en su origen, en quienes las aplican y quienes las juzgan.

Por ello no es extraño que, según la misma fuente, veamos a las autoridades alejadas de los gobernados e incapaces de resolver el problema de inseguridad, sencillamente no se confía en las autoridades. Y es precisamente en dicho marco donde la Procuraduría General de la República es una de las instituciones del sistema legal mexicano sobre la cual pesa un mayor desprestigio y, a pesar que las funciones del ministerio público federal son variadas, solo se le identifica mayoritariamente por lo que hace al combate al narcotráfico y a la delincuencia organizada.

En justicia debemos tener en cuenta que no estamos ante un escenario sencillo cuando aludimos a la PGR. Sin embargo, sí podemos precisar que en el esquema actual de gobierno federal, la PGR se ha distanciado de su propia vocación constitucional. Se ha ceñido a las directrices que el ejecutivo federal traza para la procuración de justicia lo cual deja siempre en la posibilidad de la utilización política de los fines del ministerio público. Observamos por igual cómo la procuración de justicia se deteriora al acotar sus propias facultades ante el accionar de la Secretaría de Seguridad Pública y el Ejército mexicano.

Es urgente que además de fortalecer los sistemas de control de confianza para dicha dependencia, se transite también en lograr la autonomía constitucional del ministerio público para alcanzar un mayor grado de certeza en la imparcialidad con la que se debe cumplir esta función.

Alarma sobremanera observar cómo una dependencia que cuenta con presupuestos anuales de cerca de los doce mil millones de pesos (11,997 en el presente año para ser exacto) se encuentre en un declive pronunciado de credibilidad.

Una buena acción la depuración, sin embargo, debo reflexionar sobre cuáles serán los pasos siguientes. Si ya se anunció que el despido de los veintiún delegados obedeció a razones que tienen que ver con la deshonestidad, el paso natural siguiente sería el fincar las correspondientes responsabilidades administrativas o penales para completar un círculo que generalmente no se llega a cerrar. Si la poca rectitud no se combate con los castigos correspondientes, estaríamos exportando hacia la calle un saco completo de impunidad.

martes, 2 de agosto de 2011

Los legisladores tienen la palabra


Hace ya algunas semanas escribí en este mismo espacio, cuál era una primera perspectiva del movimiento ciudadano de Javier Sicilia en torno al fenómeno de inseguridad en el país. En esos momentos, debo reconocer que no le daba mucho horizonte a este esfuerzo, sobre todo por lo perecedero que habían resultado movilizaciones ciudadanas previas. Hoy, quizá podríamos pensar lo contrario.
El día de ayer, Javier Sicilia sentó en el banquillo de las acusaciones a los legisladores federales para remarcar su corresponsabilidad en la situación de descomposición que vive la sociedad mexicana por el descarado accionar del crimen organizado. Este señalamiento tiene un sin número de aristas que trastocan lo que en esencia involucra la representación popular. Sicilia recordó que una responsabilidad de ese tipo sirve en su origen para llevar a los órganos legislativos la voz del ciudadano mismo, lejos de permitir únicamente que un legislador se convierta en portavoz de un partido político.

Este es un segundo llamado enérgico a quienes integran el legislativo mexicano. Recuerdo todavía las palabras de Alejandro Martí, quien en su momento se dirigiera en general a los servidores públicos con su afamado “si no pueden renuncien”, voz que ahora hace eco en los pulmones de Sicilia y que nos lleva a una reflexión oportuna.
El llamado es a concretar las reformas pertinentes a la situación actual nacional. Sin embargo, debemos subrayar que desde hace al menos dos sexenios el tema de “las reformas necesarias” era ya un tópico que ocupaba la discusión de los círculos políticos y sociales. Hoy por hoy seguimos en el estéril ir y venir sin que se hayan concretado cambios sustanciales.
Tanto en el 2002 como en el 2006 se planteó una posible reforma al estado, misma discusión que hoy es actual. Abanderada por el Senador Manlio Fabio Beltrones, la reforma política se ubica correctamente como el punto de partida para propiciar la salida de la parálisis, la construcción de acuerdos y el impulso al crecimiento económico de México. Estoy totalmente de acuerdo que este es un paso imprescindible para que mediante un sistema político renovado se pueda dar cauce a un conjunto de soluciones en materia económica y social. No es con un molde anquilosado de estado como se podría responder a nuevas exigencias.
Por otra parte, la pérdida de crecimiento económico y el agotamiento del soporte petrolero han llevado a plantear la necesidad de una reforma económica integral, que no solo se base en un cambio de finanzas públicas sino que propicie una redistribución más equitativa del ingreso y potencialice el crecimiento sostenido. Por el momento los cambios han sido insuficientes.
Tenemos en el tintero temas alusivos a la reforma laboral, educativa y del sistema de salud que no han encontrado respuestas contundentes.
Por todo ello, el reclamo de Sicilia en cuanto involucrar a los legisladores en este esquema de culpas por las muertes de tantos mexicanos no es un tema soslayable. El movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad es ahora un catalizador de la actividad legislativa que es necesaria, además de impostergable.
Mal haríamos en conjunto los mexicanos en dejar encuentros como el de ayer en un acto protocolario que solo sea cubierto con la foto correspondiente. Los legisladores tienen ahora la palabra, a lo lejos los ecos de las voces apagadas de tantas muertes innecesarias, hay por frente todo un país que espera respuestas.